Anatomía de un acontecimiento: cómo la muerte de un hombre redireccionó el curso del país

Ocho minutos y cuarenta y seis segundos, los suficiente para arrebatar a un hombre su vida. Este hecho, grabado por un teléfono móvil, dio la vuelta al mundo y llegó a provocar tales eventos que rápidamente se comparó la coyuntura actual con los acontecimientos que rodearon el dinámico año de 1968. Así es como un acontecimiento puede cambiar el orden social.

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La muerte de un hombre

El 25 de mayo, durante Memorial Day, una patrulla policial compuesta por cuatro agentes acudió al llamado de varios empleados de Cup Foods, una tienda localizada en Powderhorn Park, Minneapolis. Los empleados reportaron que un sujeto afroamericano, presuntamente “embriagado”, había cometido fraude al comprar un paquete de cigarrillos con un billete falso de $20.

Pocos minutos después de las 8:00 p.m., los agentes identificaron al sospechoso en su camioneta, que estaba parqueada en las cercanías de la tienda. Le solicitaron que bajara del vehículo, lo cual hizo, según testimonios e imágenes de las cámaras de seguridad circundantes.

Después de un forcejeo, en todo caso menor, y después de haber sido esposado, el sospechoso, que respondía al nombre de George Floyd, de 46 años, fue víctima de toda clase de vejámenes y abusos policiales. Fue trasladado en varios momentos a diferentes localizaciones dentro del pequeño perímetro en donde ocurrió su arresto. Floyd, al parecer, se negó a entrar al vehículo policial. Mientras estaba esposado, Derek Chauvin, uno de los policías presentes forcejeó con Floyd, y este cayó al piso.

En ese momento, Chauvin combatió la resistencia presionando con su rodilla el cuello de un hombre inmóvil. Este acto duró alrededor de nueve minutos: 8 minutos y 46 segundos. En varias instancias, Floyd manifestó que no podía respirar. Minutos después, se mostró completamente inconsciente e inactivo. Falleció en el altercado.

Abuso policial

La narración de esta escena, si se cambiaran aspectos accidentales como personas involucradas, tiempo, lugar o móvil, no sería en absoluto singular. En 2014, Eric Garner, un ciudadano afroamericano, repitió las mismas palabras, después de haber sido apresado por varios uniformados que lo detuvieron por, presuntamente, vender cigarrillos por unidad en la calle. También falleció. Parece, en efecto, la narración de un eterno retorno.

Las generalidades son las siguientes: un hombre afroamericano, sospechoso de cometer un crimen, se enfrentó con la fuerza policial. Este hombre, al que puede aplicar cualquier nombre, está desarmado, probablemente inmovilizado. El debido proceso es violado, por sospecha de cometer un acto criminal. Los agentes, casi siempre en mayor número, intervienen de manera excesivamente violenta para ejercer control total sobre el cuerpo de este hombre, que, como hemos dicho, ni siquiera necesita un nombre: puede ser cualquiera con un rasgo común: ser afroamericano.

Este fenómeno responde a un elemento universal de la institucionalidad estadounidense: el racismo estructural.

‘I can’t breath’: la repugnancia social

Al menos dos hechos precisos, por la misma línea, sucedieron en un intervalo corto de tiempo: un observante de aves fue amenazado por una mujer blanca en un parque, mientras el hombre, afroamericano, filmaba, ella repitió que iba a llamar a la policía, sin ninguna razón para hacerle: el hombre reclamaba que amarrara a su perro, algo, de hecho, promovido por la ley. Esto prueba un hecho fundamental: ella sabía que la policía iba a estar en su favor.

Después, otro hombre afroamericano fue asesinado por civiles en un vecindario blanco porque sospecharon que se trataba de un sospechoso. Este hombre era Ahmed Aubrey.

Esto sucedió mientras millones de personas estaban en encerradas en sus casas debido a la cuarentena nacional por el coronavirus. Millones de personas, consumiendo información en redes sociales, se percataron de esta serie de hechos. ¿Una especie de sensibilidad desarrollada? ¿Una contemplación en vivo y en directo de un fenómeno sistemático?

De cualquier modo, desde el día siguiente a la muerte de Floyd, miles salieron a las calles a protestar, movidos por la repugnancia del racismo, presenciado en sus más diversas formas. ¿La respuesta de las autoridades locales? Represión policial. ¿Cuál sería la reacción de la población civil, que continuaba conectada a las redes sociales, presenciando como protestantes, en su mayoría pacíficos, eran privados de sus derechos contemplados en la Segunda y Cuarta Enmienda?: más repugnancia.

Como en 1968, después de la muerte de Martin Luther King Jr. Como en 1992, después del incidente de Rodney King. Disturbios, robos a tiendas y destrucción, provocación de incendios, en suma: violencia generalizada.

Mientras esto tenía lugar, la administración federal no se había pronunciado. Cuando lo hizo, a través del presidente, la respuesta gubernamental fue clara: orden y ley. Sin ninguna intensión de llamar al diálogo, como el mismo Richard Nixon hizo en medio de las protestas por la Guerra de Vietnam, Trump amenazó con llamar al ejército para depurar la reacción de los manifestantes.

Las consecuencias

Cientos de videos han puesto en evidencia casos aislados de abuso policial. El hecho más icónico, que causó la crítica de republicanos y viejas guardias de la administración como Jim Mattis o el Secretario de Defensa, Mark Esper, fue cuando William Barr, Fiscal General del país, dio la orden de dispersar a los protestantes que se congregaban en cercanías al Parque Lafayette en Washington D.C., muy cerca de la llamada ‘Iglesia de los Presidentes’. La razón: para que el Presidente pudiera fotografiarse cerca de la fachada de la iglesia, sosteniendo una biblia.

En lo que va de esta secuencia de sub-acontecimientos, hijos de un acontecimiento madre: la muerte de Floyd, han ocurrido diferentes eventos, que al día de hoy siguen naciendo y produciéndose en cadena. La Policía de Minneapolis ha recibido varias demandas, mientras varios contratos de protección a escuelas y universidades se declaran inexequibles. La reacción de un ‘nuevo’ movimiento social, esencialmente heterogéneo y disperso movido por valores, más que por asociaciones de raza, clase o género. La crisis diplomática internacional. Los reclamos: que se aplique justicia para con los policías implicados en el asesinato de Floyd, y uno aún más ambicioso: una solución al racismo estructural.

La policía que, como institución, ha visto manchada su reputación, aún cuando, es lógico, y a pesar de años de problemáticas y críticas, no es en su mayoría una unidad racista: sucede que es solo una consecuencia de un problema mayor, histórico, de segregación y racismo. Otro tanto, así mismo una minoría, ha aprovechado el desorden cívico para hurtar y provocar incendios en establecimientos comerciales.

Esto ocurre en medio de una pandemia, en el país con los mayores casos y las mayores muertes, donde el riesgo de las protestas es el contagio masivo. Lo que sucederá en los próximos días es, a todas luces, una gran incógnita.