El cuestionamiento del Estado y la disconformidad latinoamericana: lo que el 2019 nos hizo reflexionar

El 2019 culmina con retos pendientes en materia de administración estatal. El impeachment a Donald Trump es un cuestionamiento directo a la figura presidencial, la economía se juega el juicio de los votantes estadounidenses y una Latinoamérica que estalla en Chile, Colombia y Bolivia.

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Este año fue particular en muchos sentidos. Tomar el 2019 como unidad de análisis es importante porque con él termina otra década, la del 2010-2020. En este espacio de diez años, y mirando atrás, hacia el 2010 —un año que aparentemente no suena tan distante—, se nos imponen cambios, transiciones y transformaciones que todavía no percibimos a cabalidad.

Este año termina también con una crisis estatal en Estados Unidos. El impeachment a Donald Trump es solo el síntoma de un mal mayor: el cuestionamiento en la figura estatal, la desconfianza en las instituciones parlamentarias (y, por extensión, en los modelos de gobierno actuales) y, fundamentalmente, la desestabilidad de los valores fundacionales de esta soberanía.

El próximo noviembre tendrán lugar nuevamente unas elecciones presidenciales, pero estas no tienen precedentes en la historia contemporánea. Nuevas variables se unen a la fórmula: los antecedentes de la investigación por la injerencia extranjera en las elecciones de 2016, las campañas partidistas que tenderán a asumir un rol polarizante y la actitud general de los votantes, de cara a su propio país y a sus instituciones.

En esto último, resalta una de las últimas encuestas conducidas por el Pew Research Center. El Pew destacó que una de las dimensiones que más preocupa a los votantes estadounidenses es el de la economía nacional. El pensamiento que refleja la sociedad estadounidense tiene que ver con la creencia de que los esfuerzos económicos del país están ayudando más a la clase privilegiada que a la clase media.

Según la encuesta del Pew, un 58% de los consultados que pertenecen a la clase media dijo que las condiciones económicas los están “lastimando un poco”, comparado con un 32% que afirma que las condiciones los están “ayudando un poco”. El porcentaje de personas de clase media que dice que no es ni uno ni otro caso es de apenas 10%.

Estas cifras dan cuenta de una actitud generalizada: el Estado no está haciendo lo suficiente para resguardar la garantía de supervivencia financiera de sus clases medias. Esta actitud será influyente en las elecciones de 2020.

Pero el impeachment expresa, a nivel de la política pública, algo que ya ha sido manifiesto en las últimas décadas: la imposibilidad de un consenso básico sobre ciertos asuntos de la gestión administrativa entre Demócratas y Republicanos. En el centro de este conflicto político se alza el cuestionamiento de los valores fundacionales del país: la libertad, la equidad y la justicia.

Estos valores son atacados sistemáticamente en el campo de al menos un fenómeno preciso: el tratamiento masivo que la información tiene en el contexto de la era digital (de ahí los subfenómenos de la posverdad, las fake news, o los deepfakes). La verdad y su sentido práctico (la veracidad de la información) es desprestigiada por la asimilación de una verdad construida a partir de la ideología: la información si tiene un valor, pero solo en la medida en que corresponde a mi cuerpo de creencias establecido.

En el impeachment, de lado y lado, esta manipulación de la veracidad de la información es transversal en el modo en que los medios, tradicionales y digitales, han interpretado el momento histórico, asumiendo una posición más allá del hecho factual, y más cerca de la conducción de las emociones y el consumo (al estilo del novedoso clickbait digital).

En Latinoamérica, despierta el león que dormía:

Un teórico de los movimientos y las protestas sociales, Alain Touraine, argumentó que los movimientos sociales contemporáneos reivindican, ya no demandas de orden económico, sino culturales. Esta es una constante de las manifestaciones que tienen lugar en Chile, Colombia y Bolivia.

Los dos primeros, Chile y Colombia, dan cuenta de cómo este fenómeno no se soluciona con paquetes sociales planos, como los que intentó usar como cura el presidente de Chile, Sebastián Piñera, al elevar el salario mínimo y conducir reformas pensionales.

Entre las demandas de los manifestantes también se suman propuestas de orden cultural, que no se solucionan con respuestas económicas, como están acostumbrados los gobiernos latinoamericanos. Es evidente que la perspectiva histórica se ha sumado al descontento general de los protestantes. Las riendas de la manera práctica en la que se hace la historia es otra de las reivindicaciones de estos movimientos. Los manifestantes, la mayoría una juventud disconforme con la imposibilidad real de una movilidad social ascendente (recordemos los datos que publicó la ONU el año pasado, en donde se dijo que en Colombia se necesitaban 11 generaciones en una familia para salir de la pobreza; en Chile son 6), quieren ser los protagonistas de su futuro. Y antes de ser protagonistas, deben tener certeza de que el futuro al que se dirigen no será uno estático, sin posibilidades alcanzables de vivir una vida conforme a las necesidades actuales, que tienen que ver con la identidad personal y colectiva, los modos de consumo y las apropiaciones culturales, en añadidura a las económicas.