El peor atentado aún puede ser evadido

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Una fecha inocente en el calendario será comprometida entre los días negros para la historia reciente de Colombia. El jueves, 17 de enero, un atentado terrorista, de la más miserable naturaleza, golpeó a la capital del país, recordando aquellos eventos lamentables de los atentados de Pablo Escobar, e incluso de la ahora desmovilizada guerrilla de las FARC.

El atentado se perpetuó en las instalaciones de la principal base policial del país, la Escuela de Cadetes General Santander. Un hombre ingresó abruptamente en su camioneta al lugar, atravesando los puntos de control con 80 kilogramos de pentolita. Una vez adentro, se hizo estallar, dejando un saldo de por lo menos 20 personas muertas y más de 60 heridos.

Por el modus operandi del terrorista, fácilmente se habría pensado como primera opción en un caso aislado. Pero no, solo ocurrió que la violencia escaló a niveles ya desconocidos para la sociedad colombiana. Un atentado suicida en contra del organismo de seguridad del estado. El irrazonable ataque no pretendía más que infundir terror, hundir la moral de los colombianos y llevarlos a sentir temor, miedo de apoderarse de sus calles, de sus vidas.

Según las pesquisas de la Fiscalía e inteligencia militar, la autoría del hecho recae sobre el principal grupo guerrillero activo en Colombia, el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Después de la entrega de armas del grueso de las FARC, el territorio colombiano continua azotado en la periferia por disidencias armadas de esta guerrilla, que en número es minoritario, algunos carteles en el Pacifico, y pequeños grupos subversivos en la frontera con Venezuela. Algunas regiones abandonadas por las FARC han sido gradualmente tomadas por el ELN.

Pero el atentado contra la Escuela de Cadetes no tiene denominación en el lenguaje humano. No se puede negar que el atentado tuvo como blanco a los policías, mayormente aprendices que llegan allí a iniciarse en la institución. No obstante, las pretensiones eran más profundas.

Penetrar a como dé lugar en una facilidad altamente protegida, perder la vida en el acto. La intención real es intimidar. Exhibir una fuerza descabellada que no frena ante nada. Mostrar que no hay límite.

Y es por esta razón que los colombianos deben, como ha dicho acertadamente el presidente, Iván Duque, permanecer en la “unidad”, y no desfallecer ante una cobardía de semejante índole. Y no permitir que la violencia irrumpa en la cotidianidad, que el miedo se sumerja en el inconsciente de sus mentes. Ese es el verdadero acto terrorista, infringir una herida de difícil sanación en el imaginario colectivo de la sociedad.

Como la sociedad francesa, que no sucumbió ante los nuevos grados de maldad que el extremismo islámico propuso en la historia contemporánea, los colombianos deben sobreponerse, y evitar a toda costa permitir que la atrocidad secuestre sus vidas y sea efectivo el verdadero atentado.

Solidaridad ante los afectados y solidaridad ante una Colombia lastimada.