La caída de Julian Assange

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El mundo vio, después de varios años, a un Julian Assange cambiado. Su aspecto físico se asemejaba al de un penitente: una espesa y poblada barba blanca hacía juego con su melenuda cabeza. Así salió el cofundador de WikiLeaks después de que la policía londinense lo extrajera de su escondite, la Embajada de Ecuador en Inglaterra.

Assange, uno de los hackers más controvertidos en la actualidad, ostenta una biografía interesante, por cuanto casi toda su vida permaneció escondido o huyendo. Para su infortunio, el australiano, de 47 años, ya no tendrá que correr más. Ahora le espera una pesada condena en Inglaterra, y luego, con mucha probabilidad, otra en Estados Unidos. Eso si no es procesado por los cargos de violación en Suecia.

Su protector de toda la vida, el expresidente ecuatoriano, Rafael Correa, le permitió hospedarse en la Embajada Ecuatoriana de Londres desde 2012. Allí llegó disfrazado de repartidor en moto con tal de no ser arrestado por las autoridades, cuando aún estaba en libertad condicional tras ser investigado por la presunta violación de dos colaboradoras de WikiLeaks en Estocolmo en 2010.

Lenín Moreno, el actual presidente de Ecuador, tomó la decisión de retirar el asilo diplomático a Assange “por violar reiteradamente convenciones sociales y protocolo de convivencia”. El hacker, incluso antes, había ya mordido la mano de quien le dio de comer. Por los tiempos en que le fue concedido el asilo, tenía entre sus archivos fotos personales de Rafael Correa y su familia. WikiLeaks se convirtió en un enemigo público, y nadie, ni siquiera el gobierno ecuatoriano, deseaba tenerlo de huésped.

La pena más grande la enfrenta contra Estados Unidos por la publicación de numerosos documentos clasificados del Departamento de Defensa. Esto ocurrió, en mayor proporción, durante el 2010, cuando se publicó en WikiLeaks la mayor filtración de material secreto estadounidense en toda la historia. Surgió entonces el escandalo de la Guerra de Irak y Afganistán, y se expandieron como eco las declaraciones de altos mandos sobre situaciones externas y delicadas, privadas hasta el momento. Le esperan cargos por conspiración criminal, y una pena de aproximadamente cinco años.

La fuga de esta información supuso una colaboración con la enigmática Chelsea Manning, analista de inteligencia. Antes de su proceso de cambio de sexo, Chelsea -llamada antes Bradley Manning-, trabajó en el Pentágono y consiguió información sensible.

Solo en 2016, un revés le emparentó con el presidente, Donald Trump, cuando WikiLeaks publicó los correos privados de Hilary Clinton en medio de la campaña demócrata por la presidencia. Trump llegó a decir, durante un mitin en Pensilvania “WikiLeaks, amo WikiLeaks”.

La publicación de estos correos fue materia de investigación de los servicios de inteligencias estadounidenses durante el proceso de la trama rusa.

Ciertamente, el juicio contra Assange en Estados Unidos (que tendrá que esperar unos años, porque primero debe cumplir cerca de un año en Inglaterra mientras se esclarece su extradición) no carecerá de polémica. Assange no se distanciaba en su proceder de un periodista investigativo y, ciertamente, mucho de lo que se publicó en WikiLeaks eran documentos oficiales, que exhibían historiales obscuros del poder americano en Irak, por ejemplo.

Las imputaciones contra el hacker han levantado ya polémica. Varias organizaciones en pro de las libertades civiles se pronunciaron contra los cargos, que, dicen, podría lastimar el corazón de la libertad de prensa en Estados Unidos.

Quien antes había servido como una figura de inspiración en todo el mundo, enfrenta ahora el juicio universal. Su laborado prestigio ya no es el mismo que le adornaba en 2010. Assange se ha quedado solo, y no hay nación que le reclame. Así se escribe la historia el hacker más famoso de nuestro siglo.