Ustedes y nosotros: la conspiración del muro

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Cuando el proyecto de utopía y proyección idealizada que una nación hace sí misma no es compartida por el grueso de todos los ciudadanos, se dice que hay polarización.

La polarización es saludable para las democracias modernas siempre y cuando los sistemas parlamentarios y el capital político de las naciones estén en condiciones de abierta participación y continuo debate. La democracia no se fundamenta tanto en el consenso como en el disenso (la oposición de ideales).

En Estados Unidos, el problema reside en el juego de oídos sordos al que Demócratas y Republicanos ocupan el mayor tiempo de su oficio. Como si el uno o el otro no tuvieran razón en algún momento. Las campañas más sucias de mediatización acusan a uno u otro bando de enemigo, de traidores de la patria.

No hay lugar a la mediación porque el opuesto no tiene fundamentos válidos para negociar. El dilema de héroe/villano ha estado apuñalando gravemente a la discusión gubernamental por aspectos sociales de diversa índole.

Y la construcción del muro es uno de esos proyectos unilaterales a los que el gobierno actual ha llegado, tan solo para defender el lema de campaña que una vez rindió sus frutos. La identidad de los estados nacionales se comprende en oposición, es decir, se define por lo que no es -o lo que no queremos ser-, y para fundar esta “otredad”, se apunta con el dedo a un enemigo, a una obstrucción del progreso.

La frontera y los que cruzan -así como minorías étnicas, religiosas o grupos de diversas orientaciones sexuales- han sido demonizados para fundamentar el dilema de identidad de “la otredad”. Y el capital político de votantes que este discurso ha impacto está creando una narrativa destacable en el curso de la nación, por cuanto fermenta de odio y enemistad el coctel retorico de un sector político del país, cada día en crecimiento lamentablemente.

Están quienes con argumentos quieren sentarse en la mesa y dialogar. Pero también están los que no aceptan consejo y desean construir su utopía en país ajeno. Porque eso es lo que produce la polarización toxica: un archipiélago de países que cada vez se aísla más en sus propios asuntos, olvidándose de que afuera hay otras sociedades, otro movimiento y otra perspectiva del hacer político.

La idea de construir un muro para cubrir toda la extensión de la frontera pareciera uno de esos absurdos de la historia. Cuando el progreso del siglo pasado se expresó en romperlos, en unir y globalizar, en acercar de tal manera a toda la humanidad -hecho que se constituyó con la creación del internet-, hoy damos un paso hacia atrás para separarnos.

Y lo absurdo deja de serlo en cuanto se normaliza. Por eso, no sería de extrañar que en un par de meses decidiéramos amurallar todo el croquis americano, y en otro par poner un techo.